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Ser cineasta es una cuestion de clase.

 El cine después del “no”: clase, festivales y las puertas que no alcanzan para todos

Hay una idea que conviene discutir con mayor honestidad dentro del cine independiente: llegar a los grandes festivales no depende únicamente de la calidad de una película. También depende del dinero disponible para producirla, moverla, inscribirla y sostener una estrategia de circulación. Y, cada vez más, depende de tener tiempo, contactos, representación y acceso a los circuitos donde las decisiones comienzan a tomarse antes de que una película aparezca oficialmente en una plataforma de inscripción.

No se trata de afirmar que los festivales sean corruptos ni que todas sus selecciones estén predeterminadas. Sería una simplificación injusta. Los programadores enfrentan un problema real: reciben cantidades enormes de películas y tienen espacios limitados. Sundance, por ejemplo, recibió cerca de 16,000 postulaciones en un año. En los grandes festivales existen equipos de preselección y programación que deben procesar cientos o miles de trabajos. 

Pero precisamente por eso debemos preguntarnos qué tipo de desigualdad produce este sistema.

Una película independiente no termina cuando termina el rodaje. Para muchos cineastas, ahí empieza otra película: la de conseguir fondos, aplicar a laboratorios, buscar productores, enviar materiales, pagar traducciones, subtítulos, copias, inscripciones, campañas, viajes y, finalmente, competir por un lugar en festivales. Cada aplicación puede parecer barata de manera aislada. El problema aparece cuando son veinte, treinta, cincuenta o más.

La paradoja es brutal: para tener posibilidades de ser visto, primero hay que poder pagar para intentar ser visto.

Y ese costo no es igual para todos.

Pierre Bourdieu explicó que el mundo de la cultura no funciona solamente mediante el talento o el mérito individual. En los campos culturales también operan distintas formas de capital: económico, social y cultural. No todos llegan a una convocatoria con los mismos recursos, las mismas relaciones, la misma información ni la misma capacidad para esperar. La cultura puede presentarse como un territorio abierto y meritocrático mientras reproduce, de maneras mucho más sofisticadas, desigualdades sociales preexistentes. 

En el cine esto resulta particularmente evidente porque hacer una película es una actividad colectiva y costosa.

Quien tiene recursos puede permitirse fallar diez veces. Quien no los tiene quizá pueda permitirse fallar una.

Y existe una diferencia enorme entre ambas situaciones.

También debemos hablar de los festivales. Muchos cineastas independientes imaginan el proceso como una competencia perfectamente horizontal: uno termina su película, la inscribe y espera que alguien la descubra. Pero la programación de un festival es mucho más compleja. Los programadores no trabajan únicamente con las películas que llegan a través de una convocatoria abierta. También conversan durante todo el año con productores, distribuidores, agentes de ventas, cineastas y otros actores de la industria. Su trabajo consiste precisamente en construir una programación y un contexto, no simplemente en escoger las mejores películas de una pila infinita. 

Esto no invalida una selección. Pero sí desmonta la fantasía de que todos estamos compitiendo exactamente bajo las mismas condiciones.

Incluso el proceso de visionado tiene límites materiales. Hay festivales que recurren a equipos de preselección; algunos cuentan con cientos de horas de películas pendientes de revisión. Un festival puede recibir más material del que humanamente puede discutir a profundidad con cada realizador. 

Por eso es importante distinguir entre “mi película fue rechazada” y “mi película fue evaluada exhaustivamente y se determinó que no tenía valor”.

No son la misma cosa.

Una película puede ser buena y no entrar.

Puede ser extraordinaria y no entrar.

Puede incluso ser exactamente el tipo de película que un festival necesita y no tener espacio para ella.

El propio Werner Herzog ha contado cómo Aguirre, la ira de Dios fue rechazada por festivales y tardó años en encontrar a su público. También ha hablado de la necesidad de perseverar y de construir estructuras propias cuando las existentes no abren la puerta. 

Guillermo del Toro lo ha expresado desde otro lugar: para un director, el rechazo no es una anomalía de la profesión; es parte de la profesión. Ha señalado que un cineasta puede vivir con el rechazo durante décadas y que un “no” de una persona no determina necesariamente quién tiene razón. 

Quizá esta sea una de las cosas más difíciles de aprender como cineasta: aprender a recibir “no” todos los días.


No una vez.

Todos los días.

No cuando presentamos la película terminada, sino mucho antes.

“Tu proyecto no entra en el fondo.”

“No tenemos presupuesto.”

“No podemos producirlo.”

“No podemos apoyarlo.”

“No eres el perfil.”

“No quedó seleccionado.”

“No tenemos espacio.”

“No podemos programarlo.”

“No tenemos distribución.”

“No tenemos fecha.”

“No.”

Y otra vez:

“No.”

Ser cineasta implica desarrollar una relación particular con esa palabra. No porque debamos volvernos indiferentes, sino porque tenemos que aprender a separar el rechazo de nuestra identidad.

Un “no” a un proyecto no significa “no eres cineasta”.

Un festival que no selecciona una película no determina su valor.

Una institución que no financia un proyecto no tiene la última palabra sobre su importancia.

Pero tampoco deberíamos utilizar esta idea para romantizar la precariedad.

Decirle a una generación entera de cineastas que debe ser más perseverante mientras aumentan los costos de producción y circulación no constituye una política cultural. Decirles que “sigan intentando” puede ser cierto como consejo individual, pero resulta insuficiente como respuesta institucional.

México ofrece un ejemplo particularmente interesante.

La formación cinematográfica ha crecido de manera considerable. El Anuario Estadístico de Cine Mexicano 2025 registra 331 programas de formación cinematográfica y audiovisual en el país, distribuidos en 140 instituciones educativas. Solo en 2025 aparecen decenas de programas en entidades como Ciudad de México, Jalisco, Puebla, Nuevo León y San Luis Potosí. 

Eso significa algo extraordinariamente positivo: cada vez más personas tienen acceso a herramientas para hacer cine.

Pero inmediatamente aparece una pregunta incómoda:

¿qué sucede con todos esos cineastas después de graduarse?

La formación crece. ¿Crecen al mismo ritmo los fondos?

¿Las plataformas de exhibición?

¿Los espacios alternativos?

¿Los programas de primera película?

¿Las residencias?

¿Los circuitos de distribución?

¿Los incentivos para producir óperas primas?

¿Las salas capaces de programar cine independiente?

¿Las plataformas digitales dispuestas a construir audiencias para películas que no llegan respaldadas por una gran campaña?

No es una crítica a que existan más escuelas. Todo lo contrario. Es una pregunta sobre lo que ocurre cuando una sociedad democratiza el acceso a la formación, pero no democratiza en la misma proporción el acceso a la producción y a la circulación.

El propio IMCINE reconoce la necesidad de apoyar la producción de óperas primas provenientes de escuelas de cine y audiovisual, precisamente para facilitar el debut de egresados y estudiantes de último año. 

El problema es que una política de formación no puede terminar en el diploma.

Si formamos cien cineastas y solamente existen recursos para que diez produzcan, los otros noventa no necesariamente dejaron de tener talento. Simplemente entraron a un sistema donde la oferta de creadores creció mucho más rápido que las puertas disponibles.

Y entonces aparece una contradicción de fondo.

Le decimos a las nuevas generaciones: “haz tu película”.

Pero después les preguntamos:

¿Con qué dinero?

¿Con qué equipo?

¿Con qué tiempo?

¿Con qué productor?

¿Con qué distribución?

¿Con qué festival?

¿Con qué público?

¿Con qué posibilidades de volver a intentarlo si la primera película fracasa?

El problema no es que existan demasiados cineastas. El problema es que hemos construido una enorme capacidad para formar personas que quieren hacer cine sin haber construido suficientes caminos para que puedan hacerlo y encontrar a su público.

Por eso también habría que dejar de entender los festivales como la única validación posible de una película.

Los festivales son importantes. Pueden generar legitimidad, contactos, prensa, distribución y encuentros fundamentales. Pero cuando convertirse en “cineasta reconocido” depende de atravesar un número limitado de puertas, esas puertas adquieren un poder desproporcionado.

Y cuando una puerta se vuelve demasiado importante, también se vuelve un mecanismo de concentración.

Tal vez el futuro del cine independiente no consista únicamente en conseguir que más películas entren a los mismos veinte festivales.

Tal vez consista en crear cien espacios nuevos donde esas películas puedan existir.

Más circuitos regionales. Más cineclubes. Más exhibición comunitaria. Más plataformas públicas y privadas para cine independiente. Más programas de distribución. Más fondos de desarrollo y posproducción. Más apoyos para segundas y terceras películas. Más mecanismos de circulación internacional. Más espacios donde una película pueda encontrar espectadores sin necesitar primero el sello de aprobación de una institución prestigiosa.

Herzog, en una de sus recomendaciones más provocadoras para jóvenes cineastas, llegó a decir que si un festival no acepta una película, hay que crear otro festival. La frase es deliberadamente extrema, pero contiene una intuición poderosa: no podemos construir toda nuestra carrera esperando que las estructuras existentes nos autoricen a existir. 

Pero tampoco debemos convertir esa frase en una excusa para que las instituciones se desentiendan.

Crear estructuras nuevas requiere recursos.

Y ahí vuelve a aparecer la clase.

Porque hasta la rebeldía cuesta dinero.

Incluso “hazlo tú mismo” puede ser un privilegio cuando para hacerlo hay que tener tiempo libre, una computadora, una cámara, contactos, un lugar donde vivir, posibilidad de viajar, dinero para inscripciones y capacidad para sobrevivir mientras llega —si llega— la siguiente oportunidad.

Por eso hablar de democratización del cine no puede significar únicamente democratizar las cámaras.

También hay que democratizar las oportunidades de terminar, mostrar, distribuir y sostener una carrera cinematográfica.

El cine independiente necesita menos discursos sobre la meritocracia y más infraestructura.

Necesita menos romanticismo alrededor de la precariedad y más mecanismos para combatirla.

Necesita aceptar que los programadores no pueden verlo todo, que los fondos no pueden financiarlo todo y que los festivales no pueden proyectarlo todo. Pero precisamente por eso necesitamos muchos más fondos, muchas más pantallas, muchos más circuitos y muchas más oportunidades.

Porque si cada año enseñamos a miles de personas a contar historias y después les ofrecemos apenas unas cuantas puertas para entrar, el problema no está solamente en quienes se quedan afuera.

El problema está en el tamaño de la casa.

Y quizá la verdadera madurez de una cinematografía no se mida únicamente por cuántas películas produce, cuántos premios obtiene o cuántas llegan a Cannes, Venecia, Berlín o Sundance.

También debería medirse por otra cosa:

cuántas personas pueden hacer una segunda película después de que la primera fue rechazada.

Porque la primera película puede ser un accidente, una apuesta, un acto de fe.

La segunda exige que el sistema haya permitido sobrevivir.

Y quizá eso sea, al final, lo más difícil de ser cineasta: no aprender a conseguir un “sí”, sino aprender a levantarse después de cientos de “no” sin permitir que esos “no” terminen convenciendo al cineasta de que nunca debió haberlo intentado.

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